Tony Scott, se rueda

Tony Scott en pleno rodaje

El 20 de agosto de 2012, a las 12:30 (hora de California), Tony Scott condujo su vehículo personal hasta el puente Vicent Thomas, en San Pedro, en el puerto sur de Los Ángeles. Aparcó, escaló la valla de seguridad, salvó los dos metros verticales que constituían el adarve y saltó sin vacilar. A las 15:00 su cuerpo sin vida fue recuperado en el puerto por las fuerzas de rescate marítimo. Horas después, la policía encontró una nota de suicidio en su despacho. Tenía 68 años de edad.

Tony Scott, Anthony Scott, nació en Inglaterra, en North Shields, el 21 de junio de 1944. Hijo de un militar profesional, fue el menor de tres hermanos. Frank y Ridley le vieron crecer, y Ridley y Tony enterraron a Frank en 1980 víctima de un cáncer. Frank fue marino mercante. Tony y Ridley directores de cine. Hoy todos conocemos a Tony y a Ridley, casi nadie a Frank. Sucede cada día. Las vidas anónimas quedan atrás sin pompa ni oficio. Familiares y amigos están presentes en el último adiós. ¿Hasta qué punto el recuerdo trasciende? ¿Hasta qué punto nos hacemos eco de aquello que merece ser contado? Es fácil olvidar lo que no se conoce, obvio. La demagogia es un arma al alcance de cualquier opinador avispado.

El suicidio del menor de los Scott ha ocupado diarios, blogs y telediarios. Como “personaje” es lógico que se informe al gran público -que le dio sustento durante su carrera- de su marcha. Como realizador de éxito en taquilla es habitual repasar cronológicamente su filmografía para contemplar su evolución, sus manías y su sello de identidad. Como artista es de esperar que salga a relucir su obra completa. Puedo hacerlo. Puedo contar que filmó Top Gun, Días de trueno, El último boy scout, Marea roja, Fanático, Enemigo público, Deja vú, Domino, Imparable… Puedo plasmar la mítica frase con la que definió su carrera: “No sé cómo acabar una película. No tengo la menor idea de construir un clímax para poner punto final a un filme. Por ese motivo he acabado todas mis películas de la misma manera. Solo espero que nadie se de cuenta. La verdad es que estoy asombrado de que nadie se haya percatado”Puedo hablar de su ilusión frustrada por llevar al cine Gears of War. Puedo narrar su encuentro con Quentin Tarantino cuando este no era más que un exempleado de videoclub con dos guiones bajo el brazo. Puedo contaros que Tarantino permitió a Scott rodar Amor a quemarropa pero se negó a ceder Reservoir Dogs decidido a rodarla él mismo. Puedo escribir cientos de palabras sobre la vida de Tony Scott y apenas una frase sobre Frank.

Es curioso que Tony se iniciase en el celuloide como actor protagonista de un corto de Ridley en el 65, que rodase su primer corto en el 69, que cambiase su vocación de pintor por la cámara de cine, que rodase más de mil anuncios televisivos con Ridley Scott Associates sentando las bases de la riqueza familiar, que intentase hacerse con los derechos de la novela Entrevista con el vampiro, que superase el fiasco en taquilla de El ansia en el 82 y encumbrase a Tom Cruise merced a Top Gun de la mano de Jerry Bruckheimer y Don Simpson en el 85, que miles de jóvenes americanos decidiesen alistarse en el ejército movidos por las obras de Scott -en colaboración constante con el ejército-, que dirigiese un videoclip de George Michael en el 88, que mantuviese una relación amorosa con Brigitte Nielsen mientras ella estaba casada con Sylvester Stallone, que fuese productor de series como The Good Wife o Numbers, que nunca fuese candidato al Oscar…

Tony Scott durante la presentación de Imparable

Tony Scott trabajó toda su vida al servicio del espectáculo. Creía en el poder de la imagen. Desarrolló ilusiones para vendernos sus productos, lo hizo bien a tenor de sus resultados como publicista y como director de cine. Lució con orgullo su gorra roja en cada rodaje o con vergüenza si hacemos caso a quienes argumentan que la usaba para esconder su alopecia (creo que era un fetiche, simplemente). Disfrutó de la vida a su manera y vivió el sueño americano. Y… nada más. No voy a alabar a Scott ni voy a vestir su biografía de épica y valentía, no tengo intención de seguir la máxima establecida en la prensa y en la sociedad. Las personas mueren, morimos. Y eso no nos hace ser mejores. Por convención, ante la muerte se reacciona con loas. Recordamos lo bueno como si ello honrase la memoria de quien ya no está. No conocí a Tony Scott, no tuve ese placer. No conocí a Frank. Ridley les conoció a ambos, vivió con ellos, es poseedor de muchos de sus secretos, seguro. Y dudo que los comparta. Al final, de nosotros queda aquello que queremos que se sepa o que nuestros allegados quieren que se sepa, y esto no es sino una mentira que viste nuestro recuerdo. Descansen en paz Tony, Frank y quienes ya han abandonado este perro mundo. Y descansen en paz todos los que seguiremos sus pasos sin fama ni lujos, con anécdotas sencillas a las que restamos valor estúpidamente como ignorantes y seres imperfectos que somos. Contar mentiras es fácil; creérselas uno mismo, también.

Compilado y producido por Nicholas Reardon

Roberto Prada

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Acerca de Roberto Prada

Periodista en ciernes. Soñador reflexivo, pensador a tiempo completo. Me gusta el cine. Escribo acerca del bien y del mal lo mejor que sé. Divulgo, comparto y opino. No soy buen tipo, no intento serlo. Gracias por compartir experiencias conmigo.
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